Salir de casa de tus padres, casi independizarte, es comenzar una vida nueva. Te dices a ti mismo que ahora serás como tú eres, conocerás a mucha gente nueva y lo mejor de todo: vivirás lejos de tus padres.
Suena utópico: vivir fuera del "yugo" de tus progenitores. Y de hecho no te lo crees hasta que llega el día de hacer la maleta con todos tus trastos camino de tu nuevo pisito. Y suele ser ese día cuando comprendes el alcance que va a tener este cambio, pues al menos en mi caso, el irme a vivir a Barcelona era una idea que supe que se realizaría a principios de verano pero que sólo fue real cuando el último día decidí juntar a un puñado de gente para decir adiós (y no sin una enorme ración de drama).
Bueno, dejando de lado que me suelo ir bastante por los cerros de Úbeda... Vuelvo al tema: que sí, que piso nuevo, vida nueva pero hay una cosa clave dentro de cada vida nueva y es quién va a estar en ella, es decir, ¿vas a compartir piso? ¿Y con quién?
Vale, creo que se puede ver por el título de esta entrada que la expectativa se estrelló violentamente contra la cruda realidad (de ahí el tan de nuestra tierra NUNCA MÁIS).
Por cosas del universo, una de nosotras decidió compartir piso con compañeros de toda la vida, y la otra se lanzó a lo kamikaze a probar suerte con totales desconocidas a ver cómo iba la cosa.
Mi caso fue el del cambio radical, estaba empezando una vida nueva y allá donde iba no tenía ningún conocido (aunque más tarde me enteré que eso no era del todo cierto, pero era ya demasiado tarde), y como Barcelona no es Santiago y no es tan fácil encontrar un estudio individual para poder vivir solo, suele tocar compartir piso a menos que tengas más pelas que el tío Gilito y no te de pena gastarlas (vamos, que te la clavan, pero si compartes os la clavan a varios y como sale a repartir duele un poquito menos).