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miércoles, 9 de septiembre de 2015

Volver... con la frente marchita.

   Hace nada recogía mis bártulos para pasar el verano en Galicia y parece mentira, pero el tiempo pasa y aquí estoy con mis maletas de nuevo pisando tierras catalanas.
 
   Es un curso nuevo y con él llegó un piso distinto. Como dije hace unas cuantas entradas decidí que abandonaría por completo la idea de compartir casa con desconocidos, por eso, al no poder enfrentar el pago de un piso muy grande para mí sola por los alrededores y por ahorrarme el levantarme una hora antes para ir a clase (en realidad creo que el factor que me hizo decidir fue éste y no el alquiler. La vagancia manda)  llegué a la conclusión de que mejor me quedaba un año más en la residencia, eso sí, cambiando el tipo de piso, alquilando ahora una tipo D para dos personas, en vez de una tipo T para tres personas (porque aunque el año pasado nos quedáramos en dos, no creo que volviese a pasar nada parecido).



   El cambio sinceramente creo que ha sido para mejor: la compañía es elegida (sabes lo que hay y hay confianza para ponerse serio con las tareas de la casa) y el apartamento, aunque sea más pequeño y se le vea algo más cascadito (el anterior se veía usado, pero este gana) tiene mucha luminosidad y la habitación principal es mucho más amplia que la anterior (eso sí, aún así no es apto para claustrofóbicos, porque consta de una habitación/salón/despacho/etc, un baño y un pasillo/cocina/armario. Vamos, que no es un sitio donde puedas montar una macrofiesta).

domingo, 23 de agosto de 2015

Últimos días en Barcelona

   ¡Después de casi dos meses de inactividad volvemos a la carga!

    En mi caso el principio del verano fue un chou (un show para los entendidos en inglés).
Decidimos qué día volveríamos a casa: el 22 de junio para llegar a tiempo al San Juan (no creo que haya ningún coruñés que pase sin celebrarlo), y la idea era guardar todo lo posible en Barcelona y lo restante meterlo en el coche de mis padres (que caritativamente vendrían de chófer).
Empezamos a guardar cosas en casa de amigos (especialmente  las equipaciones de jugger, que se quedaron en casa de un amigo ya que en el coche no cabían).
Nos enteramos de que la residencia donde vivo tenía un servicio de consigna que a decir verdad es muy fácil de utilizar. En mi caso como me cuestiono todo lo cuestionable (y quizá un poco más), me acerqué a las oficinas de la residencia  a preguntar por si acaso me estaba olvidando de algo y me explicaron el proceso: primero tienes que hacerte miembro del club de residentes, y luego tienes derecho a guardar 5 cajas que tienes que transportar tú mismo a unos de los bajos de la residencia.

   Pues allá que fui una semana antes de marcharme (no soy muy previsora en éstas cosas) a hacerme socia, para eso tienes que llevar el DNI y saber en que piso vives, pero además también te hacen pagar 5 euros, que vosotros diréis que no es mucho, pero si lo miras desde la perspectiva de que los mismos ya te están cobrando el alquiler mensualmente... Pero lo que a mí me supuso un "problema" no fue eso, sino que las medidas de las cajas que debes utilizar no están delimitadas y te dicen que "no deben ser muy grandes, pero tampoco muy pequeñas" cuando preguntas qué tamaño deben de tener... En fin, en mi caso conseguí tres cajas, y a mayores utilicé un carrito de compra y una maleta.

Puede parecer que ahí pueden caber un montón de cosas, pero no.

miércoles, 10 de junio de 2015

¿Compartir piso? NUNCA MÁIS

     Salir de casa de tus padres, casi independizarte, es comenzar una vida nueva. Te dices a ti mismo que ahora serás como tú eres, conocerás a mucha gente nueva y lo mejor de todo: vivirás lejos de tus padres.
     Suena utópico: vivir fuera del "yugo" de tus progenitores. Y de hecho no te lo crees hasta que llega el día de hacer la maleta con todos tus trastos camino de tu nuevo pisito. Y suele ser ese día cuando comprendes el alcance que va a tener este cambio, pues al menos en mi caso, el irme a vivir a Barcelona era una idea que supe que se realizaría a principios de verano pero que sólo fue real cuando el último día decidí juntar a un puñado de gente para decir adiós (y no sin una enorme ración de drama).

      Bueno, dejando de lado que me suelo ir bastante por los cerros de Úbeda... Vuelvo al tema: que sí, que piso nuevo, vida nueva pero hay una cosa clave dentro de cada vida nueva y es quién va a estar en ella, es decir, ¿vas a compartir piso? ¿Y con quién?
Vale, creo que se puede ver por el título de esta entrada que la expectativa se estrelló violentamente contra la cruda realidad (de ahí el tan de nuestra tierra NUNCA MÁIS).
Por cosas del universo, una de nosotras decidió compartir piso con compañeros de toda la vida, y la otra se lanzó a lo kamikaze a probar suerte con totales desconocidas a ver cómo iba la cosa.

      Mi caso fue el del cambio radical, estaba empezando una vida nueva y allá donde iba no tenía ningún conocido (aunque más tarde me enteré que eso no era del todo cierto, pero era ya demasiado tarde), y como Barcelona no es Santiago y no es tan fácil encontrar un estudio individual para poder vivir solo, suele tocar compartir piso a menos que tengas más pelas que el tío Gilito y no te de pena gastarlas (vamos, que te la clavan, pero si compartes os la clavan a varios y como sale a repartir duele un poquito menos).