Mostrando entradas con la etiqueta Indignación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Indignación. Mostrar todas las entradas

sábado, 12 de septiembre de 2015

Pedir peras al olmo.


  Hace unas semanas acompañaba a Ana en una de sus expediciones en busca de un piso nuevo para que viva este año y hubo un mantra que se repitió a lo largo de toda la conversación con la inmobiliaria: "No, con perro es muy difícil encontrar nada". 

   Para ser sincera no me sorprendió, estamos acostumbrados a vivir en un lugar donde en cada esquina hay un "Aparcamiento de Perros" (que se respalda con caricaturas caninas que rezan la frase "Yo me quedo aquí") pues las mascotas no se permiten en la gran mayoría de establecimientos.
Un ejemplo que a muchos sonará es que todos los años a partir de mayo tengo que dejar de pasear a mi perro por las playas bajo la premisa de que éstos ensucian las playas y que en ésta época del año éstas han de estar reservadas para el uso humano. La mejor parte viene cuando tú (sólo tú y sin tu perro) estás en la playa y no paras de ver colillas, botellas, latas, compresas e incluso pañales (entre otras muuuuchas cosas). Yo por ahora nunca he visto a ningún perro fumador.

   Pero la gota que  para mí colmó el vaso llegó cuando éste verano se empezó a poner de moda que la "gente" dejase veneno, comida con clavos, embuti

viernes, 12 de junio de 2015

¿Qué pasa cuando llegas?


      Es difícil adaptarse a un sitio nuevo cuando llegas por primera vez, al menos en mi caso. Me di cuenta por las malas de que no es lo mismo estar dos semanas de vacaciones en Barcelona (o en la China, o vamos, en cualquier parte) que tener que vivir ahí, en el primer caso todo (por norma general) son buenas experiencias y buenas impresiones, buena gente y en definitiva, sólo estímulos positivos; el segundo caso es... hostil.


(Las primeras visitas siempre traen sorpresas, todo es interesante. Hay arte, monumentos... Barcelona imanta)


      En mi caso yo llegué con mucha ilusión, ya había estado aquí antes y había visto las cosas más típicas y no me podía quejar, incluso me había gustado: la trampa estaba en que en ningún momento de mi primer viaje a Barcelona (años antes de saber que el universo me iba a arrastrar hasta allí) salí de mi burbuja (de hecho visité la ciudad en compañía de Ana y las respectivas hermanas mayores que se encargaban de todo), es decir, nunca me tocaba a mí esforzarme por comunicarme, ni pelearme con los mapas, ni nada; con lo cual volví a mi casa pensando que Barcelona era el mejor sitio para visitar. Pero la verdad es que cuando te toca viajar más de mil kilómetros para enfrentarte tú solo a una ciudad nueva las cosas no son de color de rosa.