Según he podido darme cuenta al hablar con la gente dentro de las muchas clases de personas podemos dividir el mundo en dos: Aquellos que en las vacaciones prefieren convertirse en monjes de clausura y no salen de sus dominios, y aquellos (que como yo) no pueden estarse quietos.
Cuando estás en segundo de bachillerato todo el mundo te anima diciendo que ése será el verano más libre de tu vida pero yo discrepo, el más libre sin lugar a dudas es el de primero de carrera (carrera, ciclo, ya me entendéis). En el de bachillerato no paras de preocuparte por cosas como a qué universidad irás, de hacer la matrícula y en general de comerte el coco; sin embargo, el verano siguiente nanai.
En mi caso, el verano ya empezó con San Juan, que es una fiesta que no se que tiene pero que siempre me ha encantado, no sé, tiene tradicionalmente un aura de magia que a mi me encanta (aunque en mi familia lo celebramos dejando de lado la tradición cristiana, nosotros somos más de hacer la lumeirada-hoguera- y simplemente seguir la tradición).
Últimos coletazos de mi lumeirada
Después estuve una semana en las tierras de las jutías y los manatíes, a la que sobreviví sin quemaduras de sol (no como mis pobres acompañantes).
Cuando volví tuve una semana o dos de aburrimiento en casa (aunque que nadie me malinterprete, las mañanas las aproveché divinamente durmiéndolas todas) y luego tocó ir a lo que es el eje central de la entrada de hoy: Un Campo de Trabajo.